Contrato Social por la Educación

Reflexiones | COMO SI NO PASARA NADA...

COMO SI NO PASARA NADA...

Gabriela Bernal Carrera

Al terminar el año lectivo pasado, le pregunté a mi hijo de 15 años cómo se sentía con las clases virtuales. Me respondió: “mamá, haz de cuenta que cuando estamos en clases presenciales, aprender es como ir a un lugar exacto con chofer... el profesor hacer todo el trabajo y nosotros le vamos siguiendo, pero es él quien nos lleva. Ahora, en estos meses, aprender ha sido como estar buscando una dirección a pie y en mal clima”. Su metáfora me ha resonado todos los días durante meses.   

Ahora que estoy plenamente reincorporada en mis labores como docente universitaria siento la impotencia que genera intentar un proceso de enseñanza-aprendizaje en línea. Si para nosotros docentes universitarios la tarea es un camino cuesta arriba, imagino que el trabajo con niños, niñas y/o adolescentes, es incluso más complejo. Cada día constato cómo se nos escurre entre las manos nuestro deseo de hacer una educación de calidad, con dignidad y respeto. Y es que todo es una calamidad: la mayoría de los estudiantes no tiene conectividad -desde primaria hasta la universidad- y la que existe es un desastre; tampoco hay materiales y/o propuestas didácticas apropiados para este nuevo momento; los teléfonos celulares y en concreto Whatsapp se ha convertido en la herramienta pedagógica más usada desde el jardín de infantes hasta la universidad, porque tener una computadora personal es imposible. ¿Cómo aspirar a un lujo como la computadora cuando la pobreza se ensaña con la mayoría de nuestros estudiantes? En las casas falta todo: alimento, salud, consuelo, esperanza, futuro. Los niños, niñas, adolescentes y jóvenes están sufriendo un encierro de varios meses; muchos han quedado huérfanos; otros han sido testigos olvidados de la muerte de abuelos, tíos, primos; el trastocamiento de la cotidianidad ha desembocado en innumerables hechos de violencia contra ellos o contra sus madres especialmente. Todos han sido privados de espacios de refugio, amigos, amigas, maestras o maestros. 

Los profesores estamos mal pagados o impagos y estamos cubriendo, con los restos de nuestra supervivencia familiar, la inversión que el Estado debería hacer en educación. Se ha cargado sobre nuestros hombros (y sobre nuestros bolsillos) la tarea de gestionar no solo la conectividad, si no la calidad de las computadoras con las que trabajamos. Cada día que me siento frente a la computadora empiezo por revisar el modem y esperar en secreto que el día de hoy, en la clase en línea, no haya muchas caídas. Para iniciar el semestre cambié de empresa proveedora de internet porque la que tenía era un desastre. Sin embargo, pese a que estoy pagando más por el internet, el sector donde vivo no tiene la mejor conectividad. Mi computadora tiene ya varios años y para lo que hacía antes de esta pandemia estaba muy bien. Sin embargo, con la obligatoriedad del uso de las plataformas en línea para las clases, a cada momento tengo problemas: mi equipo es muy viejo para las exigencias actuales. Cada vez que tengo problemas, tengo que acudir al técnico que evidentemente, lo pago de mi bolsillo. Preparo las clases, intento que sean más ligeras. Hago presentaciones para que la interacción sea menos monótona. Y cuando pregunto algo, solo hay silencio frente a mí.... una gran pantalla que, en el mejor de los casos me muestra fotos anónimas de personas que no conozco o simplemente las iniciales de los nombres de los estudiantes. Silencio y más silencio. ¿Cómo me comunico con estas personas con las que nunca he cruzado una mirada, de quien no sé más que lo que se arriesgan a contar eventualmente? Los estudiantes de los semestres superiores tienen ya la práctica de la universidad, conocen la dinámica y es más fácil dar continuidad a su trabajo, pero los de primer semestre están perdidos. Tanto o más que nosotros como profesores. Y cuando miro esta realidad, pienso en mis colegas de primaria o secundaria... ¿cómo están viviendo la nueva cotidianidad de la enseñanza virtual? 

Cada vez que intento hacer un balance de mi trabajo docente termino con la sensación de estar perdida... de que estoy viviendo en una mentira. Las autoridades piden informes y hacen planes “como si no pasara nada”. Pero en el día a día del aula virtual, ahí donde “las papas queman”, una no puede mentir ni mentirse. Estamos siendo testigos del derrumbe de las formas de trabajar en el aula que conocíamos. El reto es gigantesco y hay que trabajar en él. Necesitamos sincerarnos profesores y estudiantes, y nosotros, quienes realmente estamos en el aula, encarar a las autoridades para exigir otras formas de pensar el hecho pedagógico. Cuestionarnos para qué sirve realmente la escuela, el colegio, la universidad en tiempos de exceso de información. ¿Qué cosas debemos desechar del modelo anterior? ¿Qué cosas debemos rescatar en nuestra práctica pedagógica? ¿Para qué deberían servir los espacios de encuentro en línea? (cuando se los puede tener). ¿Cómo democratizamos esta enseñanza tan excluyente y profundizadora de las mismas viejas brechas –raza, clase, género, edad-? 

Cuando las cosas se complican en público y no podemos corregirlas, una de las estrategias más usadas es hacer como si no pasara nada. Disimular. Dejar que pase el tiempo de exposición, rogando internamente que la menor cantidad posible de personas se dé cuenta de que todo es un desastre. En el tema educativo estamos haciendo exactamente lo mismo y así solamente caminamos al despeñadero. Necesitamos sincerarnos, llorarnos las verdades y cantarnos las mentiras, pero trabajar desde la realidad, no desde el deseo o el cálculo político.  El desafío está planteado y debemos romper el aislamiento, la soledad o la impotencia que como individuos podemos llegar a sentir. Es momento de juntarnos y reflexionar: ¿qué enseñar en este momento? ¿cómo hacerlo en las condiciones actuales? Y, sobre todo, no olvidarnos que este momento está profundizando las brechas de la desigualdad y que, si algo nos queda de dignidad, debemos combatirla frontalmente. 

 

 

 

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