Contrato Social por la Educación

Reflexiones | ¿HAY LUGAR PARA LA EDUCACIÓN EN TIEMPOS DE PANDEMIA?

¿HAY LUGAR PARA LA EDUCACIÓN PARA LA PAZ EN TIEMPOS DE PANDEMIA?

Lucía Añasco

Colaboradora de Nación de Paz

La pandemia nos sorprendió en medio de la vorágine cotidiana sin mayores avisos, nadie advirtió que llegaría al país con esa rapidez y por supuesto nos encontró desprevenidos. Las dinámicas individuales, familiares y comunitarias cambiaron de una semana a otra y de repente nos vimos confinados sin saber cuánto duraría esta medida y cómo podríamos sortearla. Los efectos que causaría el confinamiento empezaban a evidenciarse rápidamente, no obstante, de manera diferenciada.

En las ciudades conocíamos de niños, niñas y adolescentes ansiosos por no poder salir, confundidos por lo insólito de la situación, deseosos de poder volver a la escuela para encontrarse con sus amigos y amigas o poder ver a sus profesores. Padres, madres y cuidadores enfrentados a sí mismos y a sus hijos en sus casas. Paternidades y maternidades en conflicto.  Crisis económica familiares que profundizaban la frustración y encontraban una salida en la violencia. Niñas y adolescentes conviviendo con sus perpetradores.

La fotografía revelaba realidades complejas pero existentes y a la vez se contrastaba con las vividas en las zonas más rurales, especialmente las fronterizas del país, donde la presencia del Estado es ambigua y limitada. Aquí las libertades se perciben de manera diferente. Las niñeces se resignifican a partir de las necesidades familiares y comunitarias cuando éstas existen. En muchas ocasiones el orden territorial responde a quien pueda proveer de trabajo y seguridad. Esta otra fotografía dejaba ver grises que exponen a niños, niñas y adolescentes a riesgos de protección particulares: reclutamiento, trata de personas con fines de explotación sexual, trabajo infantil, sin mencionar las realidades de las niñeces y adolescencias migrantes.

La búsqueda de paz en tiempos de crisis e incertidumbre nos identifica como humanos y nos permite reconocer, definir y huir de las violencias. Pero hablamos de una paz inacabada que se descubre en medio de cambios profundos, una paz que requiere constante revisión y cuidando para no caer en lo idílico de su acepción. Muñoz (2000) la plantea como una “paz imperfecta” que reconoce la complejidad de los cambios sociales, el conflicto como elemento constitutivo de la convivencia humana y la necesidad de rescatar las iniciativas que aporten a un cambio estructural a través de una construcción dialógica de nuevos aprendizajes.

Así, la educación para la paz en tiempos de pandemia se vuelve urgente en el entorno educativo. Tanto docentes como estudiantes y en general la comunidad educativa se ha visto afectada por los efectos del confinamiento, la frustración, la incertidumbre, el cambio, la violencia y la pérdida repentina de seres amados han demandado una gran capacidad de resiliencia y reconocimiento de humanidad en las personas con las que convivimos.  Metodologías basadas en juego como la que impulsa Nación de Paz con “El tesoro de Pazita” se convierten en herramientas catalizadora de cambios personales y colectivos pues cumplen un rol determinante en el apoyo psicosocial y en la devolución de la confianza a las personas. Retorna a quien la experimenta el derecho a la equivocación y al bochorno y logra humanizar procesos de aprendizaje desde el reconocimiento de las vulnerabilidades propias y del entorno. La creación de estos espacios seguros virtuales, dadas las condiciones de aislamiento, permiten generar procesos de catarsis que ayudan a gestionar el conflicto y las emociones y a llevarlos a una acción conjunta.

El manejo de los recursos tecnológicos como única fuente de contacto fue nuevo para la comunidad educativa que tuvo la posibilidad de acceder a ellos, pero con trabajo mancomunado, con paciencia y con el juego como medio para lograr otros aprendizajes y generar procesos de apoyo psicosocial, se pudo superar en algunos de los distritos educativos la frustración y el temor al cambio. Los resultados fueron varios, en algunos territorios se apoyaron iniciativas de apoyo socio-emocional acotadas a los contextos con el uso de cuentos, títeres y canciones; en otros se logró acompañar procesos de duelo y disminuir el nivel de ansiedad frente a la incertidumbre. Lo que nos queda claro es que más allá de los beneficios que pueda brindarnos el uso de la tecnología, el contacto sigue siendo una necesidad básica y que en tiempos de crisis es cuando más humanidad se requiere.

El trabajo en educación y cultura de paz es, al igual que su definición, un proceso inacabado. Requiere siempre de la visión y de la devolución de quienes contribuyen en su construcción: docentes, profesionales de los departamentos de consejería estudiantil, estudiantes, padres, madres de familia, autoridades, todos y todas quieres aportan para que los procesos de paz permeen en las dinámicas e imaginarios cotidianos generando cambios que vayan convirtiendo realidades.

 

 

 

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