Contrato Social por la Educación

Reflexiones| EDUCACIÓN: LAS DOS CARAS DE LA PANDEMIA

EDUCACIÓN: LAS DOS CARAS DE LA PANDEMIA

Alexis Oviedo

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

El pasado 13 de junio se cumplieron tres meses del último día en que 1 millón 927 mil alumnos primarios y secundarios del régimen sierra y amazonía fueron a sus aulas. El lunes 16 de marzo se decretó que debían quedarse en casa y desde entonces la educación tomó un ritmo diferente. La ausencia de un contacto personal modificaba la esencia de la actividad educativa, que como nos dice Umberto Eco, permite el diálogo constante, la confrontación de opiniones y la discusión entre lo que viene de fuera y lo que está en la escuela.

A partir del martes 17 de marzo, el proceso educativo, al igual que muchas actividades productivas, se centró en la virtualidad. Este cambio de modalidad develó las profundas asimetrías sociales y por supuesto afloraron esas propias al acto educativo. Mostró quiénes pueden y quiénes no pueden estudiar desde la virtualidad. Por un lado, los domicilios con fibra óptica y suficientes ordenadores para que todos los miembros de ese hogar hagan teletrabajo y sigan sus clases. En el otro extremo, tal cual lo muestra un video popular en redes sociales, decenas de niños campesinos, con sus padres, subiendo por horas a la cima de una montaña, desde donde pueden acceder a una transmisión educativa radial. 

La pandemia puso al descubierto no solo que las instituciones educativas no están listas para asumir un contexto educativo no presencial, mostró además, esas llagas del sistema educativo que antes de la pandemia estaban cubiertas por gasa: El control ejercido sobre los docentes y su actividad laboral desde la supervisión y desde espacios locales de control, antes sutilmente reguladas en visitas y comunicaciones, en época de pandemia se materializaron en mecanismos, para que el docente demuestre que aun desde su domicilio, está trabajando. El paso a la modalidad virtual puso al descubierto las limitaciones de docentes y directivos para enfrentar adecuadamente la educación en línea. En especial en los planteles fiscales se vio el poco conocimiento para manejar programas para desarrollar clases virtuales, la imposibilidad de escoger actividades propicias para el desarrollo del plan de clase desde la pantalla, mecanismos alternativos para la recreación, e incluso procesos de evaluación. Esto, sin duda, no garantiza buenos resultados de aprendizaje, pero sobre todo devela la necesidad de la formación integral de los maestros, no solo en tecnologías. Invita a los diversos sectores de la sociedad a considerar la urgencia de que se revalorice la profesión docente.

Esta era signada por el coronavirus ha mostrado la necesidad de revisar la recreación del currículo, priorizar contenidos y sobre todo destrezas. En la educación no presencial se devela la rigidez curricular, y desde esta el debilitamiento de los rituales de poder propios de un estilo de escolaridad, que no son efectivos entre las pantallas del ordenador. 

Pero esta crisis da la oportunidad de repensar la educación y la escuela. En la primera trascender el enfoque informativo y reproductivo, en la segunda, analizar las formas de disciplinamiento y el control eficientista. Es la oportunidad de efectivizar la participación local en los sentidos del aprendizaje, en la diversificación del currículo, en la pertinencia, sin miedo a que se ceda poder. Ante la imposibilidad estructural de que la ruralidad se eduque virtualmente, por ejemplo, el ente rector más bien debería apoyar a las comunidades locales en el desarrollo de sus propias propuestas educativas. La crisis provocada por el COVID 19 invita a mirar la educación de este país, con una visión estratégica, que trascienda los dos o tres años en que el coronavirus acompañará a toda esta sociedad.

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